CORAZÓN DE JESÚS, SIGNO PATENTE DE LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR

CORAZÓN DE JESÚS, SIGNO PATENTE DE LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR:

“POR LA REDENCIÓN DEL MUNDO”

 

Luis María Mendizábal, homilía pronunciada el 4 de mayo de 1979.

 

Vamos adelante en esta serie de celebraciones de los primeros viernes en este lugar santo. Y vamos acercándonos también a la coronación de la preparación para el LX aniversario de la consagración de España al Corazón de Jesús. El próximo mes, el día 3, tendrá lugar el acto conmemorativo aquí sobre el Cerro de los Ángeles. El domingo 3 de junio que coincide, precisamente, con la fiesta de Pentecostés. Tendremos todavía el acto de la última reunión nuestra el primer viernes de mes. Será como todos los demás que hemos tenido, a la misma hora. Y concluiremos con él esta especie de catequesis sobre lo que es la devoción al Corazón de Jesús.

 

Hablábamos y hemos expuesto el sentido del Misterio del Corazón de Jesús. Hemos expuesto la respuesta del hombre, la consagración, el amor. Hemos expuesto, comenzábamos a exponer mejor dicho el último día, el sentido del dolor. La contemplación de ese signo lleno de significado nos llevaba a ver también ese aspecto que presentábamos como algo que existe en la vida del hombre, que no podemos desechar de nosotros pero que hemos de colocar en su lugar que es el Corazón de Jesús, que es el amor. Y lo veíamos como purificación y expresión del amor. Un primer acercamiento a este misterio del sufrimiento y del dolor humano.

El discurso sería largo en todos estos temas que llegan a los puntos centrales de la vida del hombre. Pero quisiera dedicar esta catequesis de hoy a otro tema dentro de esta visión del hombre y de la familia en el Corazón de Jesús.

Pedimos en todas estas celebraciones que el Señor reine en nuestro pueblo, que el Corazón de Jesús extienda su reinado. Y lo pedimos muy de veras y lo pedimos con toda nuestra alma. No entramos ni en las formas de gobierno ni entramos en las formas de la economía. Lo que pedimos, como pide continuamente nuestro Papa Juan Pablo II, es que el Reino de Cristo se realice en las actuales condiciones de los hombres: el Reino de Cristo y las exigencias del amor de Cristo. Lo pedimos pues y lo seguimos pidiendo. Pero a veces tiene uno la impresión de que cuando pedimos que venga ese Reino sobre nosotros, a veces, como que nosotros mismos nos descartamos de ese Reino. Diría, quizás con una expresión no del todo exacta, pero que se acerca a la experiencia vital, diría que pedimos por los demás: -Que venga aquí alrededor de nosotros tu Reino, que venga a los que nos rodean, a las Instituciones que nos rodean. Y quizás escondidamente lo pensamos para que a nosotros nos dejen en paz donde estamos. Que los otros se conviertan para que nosotros disfrutemos de lo que tenemos y no nos molesten y no nos estorben. Sería una grave deformación mis queridos hermanos. Si pedimos que venga el Reino de Cristo sobre nosotros tenemos que estar convencidos de que ese Reino de Cristo es una batalla en nuestro corazón, en nosotros. Pedir que venga el Reino de Cristo no es pedir nuestra comodidad, no es pedir que nos dejen en paz a nosotros, sino es pedir que todos los hombres, empezando por nosotros mismos, nos rijamos por el Corazón de Jesús.

 

Y esto ¿qué exige de nosotros? Un desprendimiento, un despojo interior, un examen a fondo para ver cuál es nuestra postura real ante el Corazón de Jesús. No es para decir: -Que los pueblos se conviertan, que los otros se hagan buenos, que así gozaremos de la paz que tenemos. No es sólo eso. El Señor dice: -“He venido a traer, no la paz sino la guerra”. Es verdad que nos trae la paz, pero es verdad que nos trae la guerra. Porque ‘la guerra’ y ‘la paz’ se entienden en dos sentidos diferentes: tenemos que hacer la guerra a nuestro egoísmo, la guerra a nuestro amor propio, para encontrar la paz de Dios, la paz del amor de Dios que nos domina, que nos transforma. Pero ¡empezando por nosotros mismos! Por lo tanto el Misterio del Corazón de Jesús no es dejarnos en paz en nuestros egoísmos, no es buscar una excusa para seguir adelante tranquilamente y sin transformar nuestra existencia. Necesitamos iluminarla toda entera por la luz del amor de Cristo, de la Redención de Cristo, para tomar las posturas que ese amor de Cristo requiere de nosotros en el momento concreto. Y examinar nuestro comportamiento, y examinar nuestros propios abusos, y examinar nuestra dureza con los demás.

Hemos contemplado el Corazón de Jesús. Suele achacarse a veces a la devoción al Corazón de Jesús que es un intimismo, que satisface al hombre porque lo hace evadirse de la realidad y lo hace refugiarse en una contemplación que lo serena, que lo consuela, que lo envuelve en una especie de atmósfera que es dulce, suave, y de esta manera lo aliena de la existencia. Esta formulación exagerada, que quizás en algunos casos pueda tener un punto de apoyo, hemos de procurar que no tenga ninguna realización en nuestra vida. ¡No es eso absolutamente!, ¡no! Es verdad que una de las maneras infantiles con que los hombres buscan su felicidad es precisamente la de evadirse de las dificultades que encuentran en su camino. ¡Es una solución infantil! La verdadera solución es superar las dificultades, no evadirlas simplemente, no evadirse de ellas. Por lo tanto aquí evidentemente no se trata en nuestro caso de evadirnos, de desinteresarnos, de refugiarnos.

Si en una familia no se encuentra uno feliz, y no encuentra uno el camino de la superación de los obstáculos que han nacido en el amor, que han nacido en la educación de los hijos, y se refugia en una piedad en la cual se abstrae, se desinteresa, porque lo confía todo al Corazón de Jesús, y entonces él se dedica o ella se dedica a la devoción, a la contemplación del Corazón de Jesús, eso sería una evasión. No es ésta la línea que nos enseña el Corazón de Jesús, es una incomprensión. Es verdad que en el acercarse a ese Corazón de Jesús puede encontrar uno fuerza y alivio y consuelo, pero no para retirarse sino para superar la dificultad, para enfrentarse con la realidad tal como es, para acercarse a esa realidad renovado, transformado, fortalecido. Pero para establecer, de esta manera, una postura que es la que corresponde a la obra de Redención a la que Cristo nos ha llamado a nosotros.

 

Para explicar este matiz, que me parece fundamental en todo lo que ha de ser nuestra concepción del Reinado del Corazón de Jesús, puede servirnos lo que quiero expresar con unas cuantas ideas.

Cuando nosotros contemplamos el Corazón de Jesús podemos contemplarlo en un sentido de intimismo porque es real. Es la intimidad de Dios que se me abre y yo la reconozco y yo me dejo asumir en esa intimidad de Dios, y entonces soy realmente tomado por Él en la riqueza y en la abundancia insondable de su amor. Pero yo puedo contemplar de otra manera el Corazón de Jesús. El Corazón de Jesús es el gran misterio. El Papa en su Encíclica preciosa Redemptor Hominis ha querido recalcarnos que Jesucristo es el Redentor de cada hombre. No es Redentor solamente de la humanidad en general, es Redentor de cada hombre, ¡de cada hombre! ¡Es Redentor tuyo, personalmente tuyo! Conoce -como repite Juan Pablo II con insistencia- a cada hombre irrepetible, único. Lo ama, lo sigue. Entonces nuestra contemplación del Corazón de Jesús puede tener este otro sentido, y debe tener también. No es lo uno o lo otro, ¡también! Este ver, en ese Corazón encendido, el amor que Él, Dios, tiene en Cristo a tu hermano, a tu hermano. Y cuando digo tu hermano digo los miembros de tu familia, digo los amigos, digo los hombres, digo cada uno de los que tú encuentras en tu camino. Y entonces nos introduce de esta manera en el valor del hombre.

El Papa Juan Pablo II en su Encíclica repite una idea que ya aparecía en el Concilio Vaticano II, pero que a él repetidamente le gusta recalcar. Y es que Cristo y el

Corazón de Jesús es camino a Dios y es camino al hombre.

Camino a Dios porque en Cristo y en el Corazón de Jesús  se nos revela lo que es Dios para nosotros, el amor infinito. ¡Que Dios es Amor! Que Dios, con toda la riqueza de sus atributos, se nos abre en la expresión de su intimidad para nosotros. Y así es camino que nos lleva a Dios, camino al Padre. Pero es también camino al hombre. El gran peligro nuestro, mis queridos hermanos, es que no llegamos a apreciar al hombre. Decía san Agustín que una de las fuentes del ateísmo es la baja estima que el hombre tiene del hombre. Y es verdad. Si lo vemos sólo con ojos humanos: este hombre, ¿merece que yo me sacrifique por él? ¡Sólo con ojos humanos, no! Tienen razón esos filósofos que presentaban como absurdo el que uno quisiese preocuparse por el hermano inválido, por el hombre inválido, por el hombre minusválido, por el hombre deficiente, sino más bien decían: -Tú procura desarrollar todas tus potencias, que eso vale mucho más que estar entretenido en estar sosteniendo a quien es ya un deshecho de la vida. Humanamente sería difícil contradecir este pensamiento.

Por eso, cuando leíamos ahora ese evangelio, en que el Señor ha querido indicarnos lo que es la Redención, y nos ha dicho que Él es el Buen Pastor que deja las noventa y nueve ovejas y va en busca de la que se le ha perdido -y ésa que se le ha perdido es todo hombre incluso alejado de Dios, incluso vicioso, incluso depravado, y dice que Él deja las noventa y nueve por ir en busca de ella-, nos quiere enseñar que el gran misterio de todo lo que nos rodea es que Dios ama a cada hombre aunque sea depravado. Si Dios le ama así, ¿no será digno de que yo le ame también? Y ahí tenemos el Corazón de Jesús como una especie de faro encendido que nos está iluminando el valor del hombre, que está iluminándonos el valor de esa persona a la que tú no puedes tragar, de esa persona que te molesta, de esa persona que te es antipática. Y sin embargo, es verdad que si te fijas en el Corazón de Jesús, Él está encendido de amor hacia esa persona y ha dado su vida por esa persona. Y está buscando a esa persona, está anhelando de poder tener la intimidad abierta de esa persona a la cual está ofreciendo su amistad. Y así Cristo se ha hecho camino para que lleguemos al hombre y lleguemos a la intimidad del hombre. Cristo, Corazón de Jesús, camino del hombre.

Y evidentemente que inmediatamente aparece, desde ahí, que el Corazón de Jesús no nos aleja del hombre. Al contrario, nos acerca al hombre porque nos revela su valor, nos significa lo que es la Redención que Cristo ha ofrecido por él, y nos invita a nosotros a amarle. Y entonces comprendemos que ese fuego encendido debe arder también en nuestro corazón. Y que si yo me dirijo al hermano y me dirijo al hombre al que yo encuentro, no es simplemente para cumplir una orden que Él me ha dado, que como yo le amo cumplo una orden, sino que es necesario que en mí arda el fuego de un verdadero amor hacia él porque el Señor ha puesto en mi su caridad. Y por eso leíamos en la epístola de hoy, leíamos en la lectura de san Juan que “en esto se conoce que la caridad está en nosotros en que amamos al hermano”. No sólo en que cumplimos la orden que nos da de hacerle bien, sino que en nosotros se suscita el verdadero amor hacia el hermano.

Y aquí nos ilumina de esta manera el Corazón de Jesús en esa verdad vital del cristianismo: que ¡somos uno!, que la obra de la Redención nos ha hecho de manera especial uno. “Que sean uno en nosotros como Tú, Padre, en Mí y Yo en Ti”. No solamente que se quieran con un amor humano, “que sean uno”, uno por la caridad. Porque ese mismo amor de Cristo está en nosotros como Él lo pedía en la oración sacerdotal: “Para que el amor con que me amaste esté en ellos y Yo en ellos”. Y entonces comprendemos la fuerza que tiene esa visión del Misterio del Corazón de Jesús.

 

Contemplar al Corazón de Jesús es ser llamado continuamente al amor del hermano. Es ser llamado continuamente al amor del hermano fundado en el amor de Dios que Él pone en nosotros, no en una simple filantropía, no en una simple situación humana, sino en la verdad de que somos uno. Y que nos debemos sentir uno, profundamente unidos desde dentro, en la solidariedad ante Dios y en la realidad de nuestra vida humana. Y aquí está el horizonte abierto para nosotros. Y aquí está la clave de nuestras mismas respuestas al Señor.

Es necesario que reflejemos en nosotros el amor de Cristo. Es necesario que esa mirada nuestra hacia el hermano está cargada con la fuerza del amor del mismo Cristo. Es necesario que, a la manera del amor de Cristo, estemos dispuestos a dar la vida por los hermanos. Es necesario que estemos dispuestos a despojarnos de lo superfluo. No es que vamos a pedir que nos hagamos pobres, no se trata de eso. Como decía el mismo san Pablo: “Yo no pido que os hagáis pobres para ayudar al hermano. Lo que pido es que no seáis excesivamente superfluos en vuestros bienes sino que ayudéis a los hermanos”. De la manera más inteligente pero con la fuerza del fuego del amor. Y es donde se introduciría en el mundo la civilización del amor.

Diría que el Corazón de Jesús es el signo patente, es la bandera levantada de la civilización del amor. Esa civilización que necesitamos en medio de una humanidad que, con excusa de servir al hombre, introduce dentro de la humanidad el odio. Tenemos que introducir nosotros la civilización del amor, la civilización de la prontitud de servicio, de ese servicio real, de esa entrega generosa, de ese despojo de nosotros mismos, para poder ayudar y poder servir. No sólo con unos ideales muy vagos y muy generales, que a veces nos sucede así que estamos sumamente entusiasmados con la transformación del mundo y descuidamos la ayuda de esas personas concretas que tenemos a nuestro alrededor, y que son aquellas a las cuales tenemos que manifestar en nosotros la cercanía del amor de Dios.

 

No es intimismo el Misterio del Corazón de Jesús, no. El misterio del Corazón de Jesús es fraternidad, es elevación del hombre, es comprensión de la dignidad humana a la luz del amor de Dios. Es comprensión de una civilización nueva, es el mensaje evangélico que traemos a este mundo. No son soluciones económicas precisamente -eso toca a los hombres con sus cálculos humanos-, pero es necesario, sí, que todas las soluciones estén empapadas en la ley del amor, en la ley de la caridad. Que esa ley de la caridad lo domine todo, que esa ley de la caridad lo rija todo de verdad, que toda nuestra vida esté dominada por el Corazón de Jesús. Ése es el reinado del Corazón de Jesús. Somos solidarios. No es un intimismo, es una proyección fraterna que nos hace a todos hermanos en el Corazón de Jesús. Si miráramos todos así hacia el Corazón de Jesús entonces Él nos daría su Espíritu, y entonces procederíamos de otra manera entre nosotros, por la fuerza de su caridad y de su amor.

Es pues básico en el Misterio del Corazón de Jesús  el concepto de nuestra solidariedad. Es esa verdad fundamental del cristianismo que se llama ‘la comunión de los santos’, la unión de todos. Cuando nosotros somos consecuentes con la vida que el Señor ha difundido en nosotros nunca podemos sentir a nadie lejano de nosotros. Ni siquiera es un simple amigo humano, ¡es uno!, ¡es uno! Y de ahí que nuestra entrega al Señor nunca prescinde de nuestra vinculación con todos, siempre la incluye. Y siempre, en nuestro ofrecimiento, ofrecemos también a todos aquellos que están vinculados con nosotros.

E igualmente en el otro aspecto. Ayer, en el ayer de nuestras reuniones, el último primer viernes, hablábamos del dolor, hablábamos del comienzo de una idea tan propia de esta visión del Corazón de Jesús como es la reparación. Pues bien, el concepto básico de la reparación es ese amor, este amor fraterno que nos une, este amor fraterno que hace que mi hermano, su vida, su presencia ante el Señor, la sienta como mía. Por eso, en la base de esa reparación está ese amor. Y cuando yo me siento uno, el pecado de mi hermano es mío, y lo siento como mío. Y por lo tanto mi amor al Señor trata de evitar ese pecado ‘nuestro’, ¡’nuestro’ pecado! Los del mundo son ‘nuestros’ pecados. Entonces, en la fuerza de ese amor, queremos amar; pero no simplemente amar al Señor porque yo soy bueno y quiero amarle, sino amarle por lo que nosotros, todos unidos, no le amamos. Y al mismo tiempo ofrecer nuestra vida con la de Cristo por la Redención de ese mundo que es nuestro. ¡Somos uno con Él! ¡Son nuestros hermanos! ¡Yo y los hermanos que me has dado!

No hay pues peligro de alienación, no. El Corazón de Jesús nos lleva a la vida, nos lleva a la vida personal, nos lleva a la vida familiar, pero con todas sus exigencias, con toda esa proyección real de la vida humana que tiene que ser toda ella santificada por el Señor.

No pedimos pues simplemente que venga el Reino de Dios sobre nosotros. Pedimos que venga sobre nosotros, pedimos que nos transforme, pedimos que nuestro corazón se llene de tal manera de la caridad de Cristo, que tengamos en nosotros los mismos sentimientos de Cristo.

Quiero terminar este mes de Mayo con un recuerdo a la Virgen, que vamos a tomarla como modelo de esta unión.

María es para nosotros modelo, de muchas maneras, de nuestro acercamiento al Corazón de Jesús. María se entregó al amor de Cristo, se entregó al amor del Padre en aquella consagración, que podemos llamar así, de la Anunciación. María fue dócil a la acción del Espíritu Santo que vino sobre Ella. María acompañó a Cristo con los sentimientos más cercanos, con un Corazón que latía al unísono del Corazón de Jesús. María reparó por las injurias que recibía Cristo. María lo acompañó en su Pasión. María sintió las ofensas que se cometían contra Él. María amó a Cristo también en la Eucaristía. Cuando en su vida, después de la Ascensión del Señor, tenía entre sus manos la Eucaristía, María amaba a su Hijo y al Corazón de su Hijo por todos los que no apreciaban los dones infinitos de su amor. Es para nosotros pues un modelo. María es modelo de esto que estábamos diciendo precisamente, de que no es sólo un intimismo con Cristo y un intimismo con el Padre. María es modelo de la asociación a la Redención. María precisamente, por su identificación con Cristo, es Madre nuestra y está cerca de cada uno de nosotros, y la vida de cada uno de nosotros la asume en su propio Corazón y la presenta continuamente al Padre. El Concilio, hablándonos de la Virgen, dice esta palabra profunda, dice así: María la más excelsa de todas las criaturas después de Cristo, después de la humanidad misma de Cristo, y la más cercana a los hombres. De todas las criaturas la más alta, la más cercana. Podría parecer esto una paradoja. Parece que cuanto más alta es una persona más lejos está. No es verdad. Cuanto más alta quiere decir que está más compenetrada con Dios, y cuanto más compenetrada con Dios más cerca está del hombre, porque no hay nada más cercano al hombre que el Corazón de Dios. Y cuanto más se identifica uno con el Corazón de Dios más cerca está, se identifica, con el corazón del hombre. Él mismo nos lo indica: “Lo que hacéis a uno de estos a Mí me lo hacéis”. Por lo tanto vemos en María el modelo de esta realidad de la vida cristiana, de esta identificación con el amor de Cristo que nos hace estar más cercanos a los hombres de lo que la mera relación humana nos puede colocar.

Llenos pues del fuego del amor de Cristo, que ese fuego nos transforme, que ese fuego cambie nuestro corazón, nuestras disposiciones interiores, que ese fuego nos posea de verdad. Entonces comprenderemos cómo, en la fuerza de ese Espíritu Santo, nos abrimos a los hermanos, nos hacemos uno con ellos. Nos hacemos uno en solidaridad ante el Padre y sentimos que nuestro corazón se conmueve por su situación, palpita con ellos y pone la propia persona al servicio de su necesidad. Que así sea.