El Corazón de Jesús, realidad en la que el misterio del amor de Dios está presente(II)

Existen palabras cumbres, por su capacidad represiva, tanto en teología como en filosofía V en el sencillo pero intuitivo y penetrante lenguaje popular. La palabra Logos fue para San Juan una de esas expresiones Portadoras de la interioridad de su teología. La historia, en todos sus ámbitos, fuerza palabras en las que parece como si quisiera asumir todas las cosas en su unidad. Esto ha ocurrido siempre con la palabra “corazón”.

Cuando hablamos del “corazón”, como ha dicho Hedwig Conrad-Martius en sus Coloquios metafísicos, invocamos el original del hombre, en el profundo y auténtico sentido de la palabra, en el que todo su ser resume. El corazón es el centro desde el que toda la vida se despliega para volver de nuevo a él; todos los caminos de la vida personal parten de él y vuelven a él. En el corazón aparece, anudada y atada a toda la esencia del hombre que se desborda y manifiesta en el cuerpo y en el espíritu. Al decir “corazón” se invoca la unidad de la existencia, la totalidad que se sabe a sí misma, la interioridad secreta, la fuerza que imprime el dinamismo a toda manifestación de vida, lo originalmente personal, la intimida profunda de dónde, como dice el Señor, sale lo bueno y lo malo.

“El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo, porque Dela abundancia de su corazón habla su boca” (Lc 6, 45). “Bienaventurados los pobres, los mansos, los misericordiosos, los que tienen hambre y sed de justicia, los limpios de corazón… Toda la bienaventuranza arranca del corazón, y también de “dentro del corazón sale las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicación es, robos, falsos testimonios, injurias “” (Mt 15,18). La posesión del corazón significa posesión de la persona, y su donación en la entrega total.

El hombre capta su interioridad, la unidad de su existencia, la riqueza de su ser, la hondura de su libertad y responsabilidad cuando comprende lo que significa la palabra corazón. Rahner en sus escritos de teología (T. III,Mira este Corazón) la llamada “protopalabra” , porque a priori no es posible acercarse a ella con la razón enceguecida y empequeñecida de el anatomista; existe ya en la experiencia rica y vital del hombre; está en todos los idiomas y pertenece al tesoro primitivo del lenguaje humano.

 

Cuando el hombre la pronuncia ha dicho uno de los misterios  decisivos de su existencia: su unidad, su interioridad, su verse a sí mismo. Cuando la dice hablando de algo que, en realidad, sólo Dios conoce enteramente y en lo que él mismo que la pronuncia tiene que ahondar. La palabra corazón es insustituible, no puede ser soslayada y brota de la profundidad de nuestro ser. Los apóstoles en sus cartas, al hablar nos del hombre interior, la evocan: “que nuestro adorno no sea exterior … Sino en lo oculto del corazón” (uno P e P iii, iv). Los poetas y los místicos, cada uno en el plano que sea, al descubrir el misterio del hombre y que le condensan su existencia humana, la nombran: “¿Quién no se sentó temeroso ante el telón de su corazón?” (Rilke).”Que saturado del dulce juego, más dócil mi corazón me muera” (Hölderlin). “Sin otra luz ni guía, sino la que en el corazón ardía. O a que ésta me guiaba más cierto que la luz del mediodía” (San Juan de la cruz).

Por todo ello, al decir “Corazón de Jesús” nombramos al Verbo de Dios encarnado, a Cristo, por quien todo ha sido hecho y de quién todo hemos recibido toda vida y plenitud, quien todo lo une y en quién todo se integra, Alfa y Omega de cuanto existe, recapitulación de todo el universo, fuente de quién todo brota y a quién todo vuelve, lugar en el que la misericordia de Dios se palpa y se hace signo visible, y en el que Dios viene en ayuda de nuestra existencia. “¿dónde hay otra palabra, fuera de la palabra Corazón de Jesús, qué nombre de tal forma al Señor único y que todo lo unifica, y que unifique e interiorize de nuevo la plenitud de aquel a quien nombra? No hay ninguna otra… Esa palabra la han dicho los cristianos en sus oraciones, la han susurrado y la han proclamado sobre los tejados, aunque desgraciadamente con frecuencia sin ninguna discreción y gusto. La Iglesia ha aceptado esa palabra…

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Esa palabra evoca al corazón, que es lo íntimo  y lo unificador, el misterio que resiste a todo análisis, la ley oculta que es más fuerte que toda organización y que toda utilización del hombre técnicamente organizada. Esa palabra designa el lugar en el que el misterio del hombre pasa a ser el misterio de Dios. La infinitud vacía que se interioriza aquí lanza una llamada acción infinita plenitud de Dios. Esa palabra evoca al Corazón traspasado, angustiado, desangrado, muerto. Designa lo que significa amor inconcebible y desinteresado, el amor que vence en el fracaso, que triunfa en la impotencia, que muerto vivifica, que es el amor, que es Dios.

Con Esa palabra se proclama que Dios está cerca allí donde se hora diciendo: Dios mío, ¿por qué me has abandonado? … Debemos decirla e invocarla solamente cuando se trata precisamente de nombrar en él — por razón de su incomprensible plenitud —  y en nosotros — por razón de ser nuestra dispersión–al hombre interior y oculto  del corazón(Rom 7,22; 1 Petr, 3,4; Eph 6,16). Y esto no puede ocurrir en cualquier circunstancia por importante que pueda ser y por importante que haya sido para el mismo Señor quien en momentos decisivos, pero sin prodigarlo, habló de su Corazón (Mt 5,8; 11, 29; 22,37 .) (K. Rahner Escritos de teología, tomó VIII, E. Taurus , págs 521,522, 523 ).

Del discurso pronunciado en Paray-Le-Monial, el 17 de Septiembre de 1974, por D. Marcelo González Martin, Cardenal arzobispo de Toledo, titulado”El Sagrado Corazón y el año Santo paz y reconciliación nuestra”