El Corazón de Jesús y los jóvenes (II)

Vosotros valéis también lo que vale vuestro corazón. Toda la historia de la humanidad es la historia de la necesidad de amar y de ser amado. Este fin de siglo-sobre todo en las regiones devolución social acelerada-hace más difícil el brote de una Santa Afectividad. Por eso, sin duda, muchos jóvenes y muchas jóvenes buscan el ambiente de pequeños grupos, a fin de huir del anonimato y a veces de la angustia, a fin de encontrar su profunda vocación a las relaciones interpersonales. A juzgar por cierto tipo de publicidad, nuestra época parece incluso que es víctima de lo que pudiera llamarse una droga del corazón.

En este terreno, como en los precedentes, conviene ver claro. Cualquiera que sea el uso que de él hacen los humanos, el corazón –símbolo de la amistad y del amor –tiene también sus normas, su ética. Hacer sitio al corazón en la construcción armónica de vuestra personalidad nada tiene que ver con el sentimentalismo. El corazón es la apertura de todo el ser a la existencia de los demás, la capacidad de adivinar los, de comprenderlos. Una sensibilidad así, auténtica y profunda, hace vulnerable. Por eso algunos se sienten tentados a deshacerse de ella, encerrándose en sí mismos.

Amar es, por tanto, esencialmente entregarse a los demás. Lejos de ser una inclinación instintiva, el amor es una decisión consciente de la voluntad de ir hacia nosotros. Para poder amar en verdad, conviene desprenderse de todas las cosas y, sobre todo, de uno mismo, dar gratuitamente, amar hasta el fin. Esta desposesión de sí mismo –acción de largo respiro –es exhaustiva y exaltante. Es fuente de equilibrio. Es el secreto de la felicidad.

Jóvenes: ¡alzar más frecuentemente los ojos hacia Jesucristo! Él es el hombre que más ha amado, del modo más consciente, más voluntario, más gratuito. Meditar el testamento de Cristo: ¡no hay mayor prueba de amor que él dar la vida por aquellos a quien se ama! ¡Contemplar al Hombre –Dios, al Hombre del Corazón traspasado! ¡No tengáis miedo! Jesús no vino a condenar, sino a liberar al amor de sus equívocos y de sus falsificaciones. Fue Él quien transformó el corazón de Zaqueo, de la Samaritana, y quien realiza hoy todavía, por todo el mundo parecidas conversiones. Me imagino que esta noche Cristo murmurará a  cada uno de entre vosotros: “¡dame tu corazón! yo lo purificare, yo lo fortaleceré, yo lo orientaré

San Juan Pablo II, mensaje a los jóvenes franceses, 1 de junio de 1980.