El corazón de Jesús en la Eucaristía

“Quédate con nosotros, Señor, Pues el día ya declina “(cf,Lc,24,29). A los discípulos de Emaús les ardía al corazón dentro de sí después de haber oído explicar en el camino las maravillas del plan de salvación revelado en las Escrituras. Con la fracción del pan termina el Señor de rebelárselas, resucitado, en la plenitud de su amor.

Estamos en Montmartre, en la basílica del Sagrado Corazón, consagrada a la contemplación del amor de Cristo presente en el Santísimo Sacramento. Estamos en la tarde del 1 de julio, primer día del mes especialmente dedicado a la meditación, a la contemplación del amor de Cristo manifestado a través de su Sagrado Corazón.

Aquí se reúnen día y noche los cristianos y se turnan constantemente para escrutar “las insondables riquezas de Cristo” (cf.Ef.3,8-19).

Las riquezas insondables del Corazón divino

            Aquí venimos al encuentro del Corazón traspasado por nosotros, del que brotaron el agua y la sangre. Es el amor redentor, el origen de la salvación, de nuestra salvación, origen de la Iglesia.

Aquí venimos a contemplar el amor del Señor Jesús: su bondad compasiva para con todos durante su vida terrena; su amor de predilección por los pequeños, los enfermos, los afligidos. Contemplamos un Corazón, que arde de amor hacia su Padre, en la plenitud del Espíritu Santo. Intentamos su amor infinito, el del hijo eterno, que nos conduce hasta el misterio mismo de Dios.

Cristo vivo nos sigue amando todavía ahora, hoy, y nos presenta su Corazón como la fuente de nuestra redención: “vivo siempre para interceder por nosotros” (Heb. 7,25). En todo momento nos envuelve, a nosotros y al mundo entero, este Corazón “que tanto ha amado a los hombres y que es tampoco correspondido por ellos”.

“Vivo –dice San Pablo –en la fe del Hijo de Dios, que me amo y se entregó por mí” (Gál. 2,20). La meditación del amor del Señor pasa necesariamente por la meditación de su pasión: “se entregó por mí”. Esto implica que cada uno tome conciencia no sólo del pecado del mundo en general, sino de este pecado por el que cada uno está realmente implicado, de forma negativa, el los sufrimientos del Señor.

Esta meditación del amor manifestado en la pasión debe conducirnos también a vivir de acuerdo con las exigencias del Bautismo, con esta purificación de nuestro ser mediante el agua brota la del Corazón de Cristo; a vivir de acuerdo con la llamada que, por su gracia, nos dirige cada día. Que ahora Él nos conceda vigilar: “ vigilar y orar” para no caer en la tentación. Que os conceda entrar espiritualmente en su misterio; tener nosotros, como dice San Pablo, los sentimientos de Cristo Jesús… “Que se hizo obediente hasta la muerte” (Flp. -2,5 -8). Así somos llamados a responder plenamente su amor, al consagrar le nuestras actividades, nuestro apostolado, toda nuestra vida.

La Sagrada Eucaristía

            No estamos llamados sólo a meditar y a contemplar este misterio de amor de Cristo; estamos llamados a participar de él. Es el misterio de la sagrada Eucaristía, centro de nuestra fe, centro del culto que rendimos al amor misericordioso de Cristo manifestado en su Sagrado Corazón, misterio adorado día y noche aquí, en esta basílica, que de esta manera se convierte en uno de esos centros de don del amor y la gracia del Señor irradia misteriosa pero realmente sobre vuestro país y sobre todo el mundo redimido.

En la Sagrada Eucaristía celebramos la presencia siempre nueva y activa del único sacrificio de la Cruz, en el que la redención se hace acontecimiento eternamente presente, indisolublemente ligado a la intención misma del Salvador. En la Sagrada Eucaristía comulgamos con el mismo Cristo, único sacerdote y única víctima, que nos arrastra en el movimiento de su ofrenda y de su adoración, Él que es la fuente de toda gracia. En la sagrada Eucaristía –este es también el sentido de la adoración perpetua –entramos en este movimiento del amor de donde fluye todo progreso interior y toda eficacia apostólica: “Cuando fue de levantado de la tierra, atrae y de todos a mi” (Jn. 12,32).

Queridos Hermanos y Hermanas: Siento una gran alegría al poder terminar esta jornada en este santuario de la oración eucarística en medio de vosotros, reunidos por el amor hacia el divino Corazón. Rezadle. Vivir de este mensaje que, del Evangelio de San Juan a Paray le Monial, nos llama a entrar en su misterio. Que “saquemos todos con gozo el agua de las fuentes de la salvación” (I.s. 12,3), las que manan del amor del Señor, muerto y resucitado por nosotros.

Alocución de San Juan Pablo II en la basílica del Sagrado Corazón en montmartre (París), 1 de junio de 1980.