El Corazón de Jesús en la Eucaristía o el Corazón Eucarístico

Jesucristo vivió durante treinta y tres años nuestra vida mortal.

Después de la ascensión vive simultáneamente doble vida: la vida de la gloria del cielo, y la vida eucarística en la tierra. Aunque en cada una de estas tres vidas su amor a los hombres sea igualmente grande, Nuestro Señor no nos  pide los mismos homenajes para cada una de ellas; mientras que los ángeles y los santos contemplan, admiran, adoran y cantan el amor del Corazón divino en los esplendores de la gloria, los hombres están llamados a honrarle con preferencia bajo los velos eucarísticos.

I

El Sagrado Corazón quiere ser honrado muy especialmente en su vida eucarística

            “Uno de mis más acerbos suplicios, dice Santa Margarita, era cuando se me aparecía el divino Corazón y me decía estas palabras:

Tengo sed, pero sed tan ardiente de ser amado de los hombres en el Santísimo Sacramento, que me consume, y no encuentro a nadie que se esfuerce, según mi deseo, en refrigerarme devolviendome algo a cambio de mi amor.”

Para responder a esta dolorosa queja, la humilde virgen de Paray se esforzó en dar a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús una forma que se pueda caracterizar con el nombre de EUCARÍSTICA.

¿Es esto decir, que la Santa deja en el olvido los diversos testimonios, que nuestro Señor nos ha dado de su amor durante su vida mortal y los que dará eternamente a los elegidos en el cielo? Seguramente que no. Como ya lo hemos dicho muchas veces, la sierva de Dios canta y ensalza todas las pruebas, que nos ha dado de su amor; pero nos súplica que dirijamos al Corazón de Jesús, en el Santísimo Sacramento, todos los obsequios que debemos tributarle, no solamente por el amor que nos demuestra la Eucaristía, sino también por el que nos manifestó o “en su vida oculta, en su vida activa, en su vida de sacrificio y también en su vida gloriosa”.

En efecto, las revelaciones hechas a la Santa y los escritos que esta nos ha dejado, conspiran a dar a la devoción al Sagrado Corazón está forma eucarística. En el Santísimo Sacramento es donde ordinariamente se manifestó el divino Corazón a su sierva. Las quejas que hace oír tienen sobre todo por objeto los ultrajes que recibe en la Eucaristía; los homenajes que reclamaba deben rendírsele todos ante la Eucaristía o por la Eucaristía.

Todos los autores antiguos que han escrito sobre la devoción al Sagrado Corazón están unánimes en dar a esta devoción carácter eucarístico. Baste citar al Padre Bouzonié , S. J. , contemporáneo de la Santa. Dice en su Conferencia sobre la devoción al Sagrado Corazón, publicada en el año 1697: “una singular devoción al Santísimo Sacramento es el carácter de la devoción al Sagrado Corazón. Es preciso que todas nuestras prácticas estén impregnadas de ella, y que los asociados de la cofradía del Sagrado Corazón se distingan en los actos de piedad, por su ardiente amor a Jesucristo y por su culto singular a la divina Eucaristía.”

Añadamos que, por su naturaleza, la devoción al Corazón de Jesús es necesariamente eucarística. Toda devoción, ciertamente, no se inclina a acercarnos lo más posible al objeto que propone a nuestro culto; lo que explica esas numerosas peregrinaciones a las reliquias o imágenes milagrosas de los santos. Ahora bien; ¿Dónde buscaremos al Corazón de Jesús?

No está ya en los abatimientos  del Pesebre, ni en las angustias de la Pasión; tampoco nos concede todavía el acceso a su trono eterno; no podemos hallarle más que en la Eucaristía. ¡Cuantos atractivos añade este pensamiento a la devoción al Sagrado Corazón! ¡Que inefable alegría no es para nosotros oír a nuestro Señor que nos dice desde su tabernáculo :

COR MEUM IBI CUNCTIS DIEBUS ¡Mi Corazón está aquí, día y noche!

Y está especialmente para los hombres; no como una reliquia inanimada, sino lleno de vida y todo inflamado de amor.

II

Dos frutos principales que procura la devoción al Corazón de Jesús en la Eucaristía: gracia y luz.

            Se puede aplicar a las maravillas de la vida eucarística lo que San Juan dice de las de la vida mortal en nuestro Señor: ”El mundo entero no podría contener los libros donde se refieran por menudo”. Los divinos frutos producidos en las almas por estas dos vidas pueden, sin embargo, reducirse a dos principales: “La gracia y la verdad nos vienen por Jesucristo” , dice el discípulo amado. El Corazón de Jesús viviendo en la Eucaristía, fue mostrado a Santa Margarita como fuente de gracias y como foco de luz.

El primer fruto de la devoción al sagrado corazón es la gracia.

“El Señor nos llama para honrar su vida de gracia en el Santísimo Sacramento, escribe la Santa. Aquí nos da Jesús todo cuanto tiene, sin reservarse nada, para poseer nuestros corazones y enriquecernos de Él mismo. Para esto hemos de huir de todo lo que podría hacernos perder esta vida de gracia, ofreciéndonos a Él como un esclavo ante su libertador, no reservándonos más libertad que la de amarle, despreciando todo lo restante. Tengamos cuidado de ofrecer cinco actos siempre que vayamos ante el Santísimo Sacramento. “

El segundo fruto de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús es la luz. Bajo los velos eucarísticos, no menos que en su vida mortal, Jesús es “la luz del mundo, y el que la sigue no anda en tinieblas” (San Juan, VIII, 12); mas ¿cuál es el foco de esta luz sino el Corazón del divino Maestro? Porque aquí, sobre todo, es donde se realiza este axioma “los grandes pensamientos brotan del corazón”. ¿Cuántas veces, en efecto, no vio la santa al Corazón de Jesús bajo la forma de radiante sol? Ella nos lo muestra iluminando a las almas de dos maneras: por sus inspiraciones y por sus ejemplos.

La Sierva de Dios nos recomienda muchas veces e intensamente que recurramos al Corazón del divino consejero del tabernáculo, en todas nuestras dudas y en todas nuestras incertidumbres, antes de cada empresa importante; y que esperemos con confianza la respuesta divina que llega ordinariamente bajo la forma de inspiración. ¡Cuántos falsos pasos nos evitaríamos, y con qué seguridad andaríamos en el camino del cielo, si siguiéramos tal guía! Esta luz fue la que dirigió a la Santa desde su infancia.

“Mi  Señor Jesucristo se hizo mi maestro y mi director, escribe; desde la cuna tuvo amoroso cuidado conmigo, y lo ha continuado siempre. En mi infancia, no sabiendo lo que era vida espiritual por no haber sido destruida y oído hablar de ella, no sabía sino lo que mi divino Maestro me enseñaba y no ejecutaba sino lo que me hacía practicar con su amorosa violencia.”

Después de su llegada a Paray, apenas tuvo otro director que el Corazón de Jesús. Junto al tabernáculo iba a buscar, no sólo fuerza y valor en las pruebas, sino también luz en todas las circunstancias difíciles.

“Entonces, escribe, me iba delante del Santísimo Sacramento, mi asilo ordinario. “ Después de haber consultado a su divino consejero, ya en una fervorosa comunión, ya en una visita, tomaba resolución o daba las respuestas que se le habían pedido.

Sin dificultad se comprende cuáles podrían ser las respuestas sacadas de tal escuela, y la saludable impresión que producirían en aquellos que las recibían.

El Corazón de Jesús, en su vida eucarística, nos ilustra, no sólo con inspiraciones, sino también, y de modo maravilloso, aunque demasiado olvidado, con sus EJEMPLOS.

La devoción al Sagrado Corazón, tal como fue revelada por Nuestro Señor a Santa Margarita María, aunque pide semejanza absoluta con el Corazón de Jesús en los diversos estados porque ha querido pasar por amor nuestro, debe tener, como uno de sus rasgos distintivos, la imitación de este divino Corazón en su vida eucarística.

En cuanto a esto, existe notable diferencia entre el método de dirección propuesto por la Santa y el que se halla en todos los autores antiguos que escribieron sobre la vida espiritual. Estos últimos proponen con preferencia, como modelo que imitar, a Jesús en su vida mortal. Sin descuidar este admirable ejemplar de toda perfección, de ordinario Santa Margarita, convida a todos los que quieran llegar a ser verdaderos devotos del Sagrado Corazón, a entrar en la escuela del tabernáculo. Todo el sistema de perfección trazado por la santa se comprendía así:

Imitad, ante todo, al Corazón de Jesús en su vida que eucarística. ¡Dulce e incomparable modelo! Parece que nos dice: haced lo que me veis hacer. Además, no contento con ofrecernos sus ejemplos, se encarga de imprimirlos Él mismo en nuestras almas, con la sola condición “De dejarle hacer y estar delante de Él como un lienzo en blanco delante de un pintor”, según un consejo que le dio el Señor a la Santa.

Esta doctrina es de Santo Tomás, quien presenta la Eucaristía como el cuadro más expresivo de la caridad de Jesucristo y como el sacramento más activo y eficaz de nuestra propia santificación: “Eucharistia est charitatis Christi sacramentum expressivum et charitatis nostrae factivum”.  Esta invitación es, verdaderamente, el camino real y rápido de la santidad. Es el que siguió santa Margarita María y donde nos impele a entrar.

Llena desde su infancia del deseo de santificarse, buscaba un modelo fácil de imitar. “Antes de entrar en el convento escribe, como no leyera apenas otros libros que la vida de los Santos, me decía al abrirlo: preciso me es que elija una Santa muy fácil de imitar, a fin de poder hacer lo que ella hizo, para llegar a ser santa como ella… También pedía a mi divino Maestro que me enseñara y me obligará a hacer todo lo que Él quería que hiciese, para agradarle y amarle. Lo que me concedió.”

Sólo en Paray-le-Monial  fue  donde Nuestro Señor contestó a su sierva, revelándole un modelo de santidad perfecto y fácil a la vez. Le dijo un día al mostrarle su Corazón viviendo en el Santísimo Sacramento:

 “Quiero hacerte leer en el libro donde está contenida la ciencia del amor.”

            A decir verdad, todos los escritos de la Santa no son sino algunas notas rápidas, tomadas a continuación de estas lecturas que tantas veces le fué concedido hacer a la Sierva de Dios en este libro de la Eucaristía. Vayamos con frecuencia a leer EN ESTE LIBRO DE VIDA; aquí aprenderemos todas las virtudes, especialmente la humildad, el silencio, el desprendimiento y sobre todo la caridad.

Del libro El Reinado del Corazón de Jesús (tomo3), escrito por un P. Oblato de María Inmaculada, Capellán de Montmartre. Publicado en Francia en 1897 y traducído por primera vez al Español en 1910.