El Corazón de Jesús y el corazón del hombre

«Os daré un corazón nuevo… » (Ez 36, 26).

Nos encontramos en un lugar donde estas palabras del Profeta Ezequiel resuenan con fuerza. Fueron confirmadas aquí por una sierva pobre y escondida del Corazón divino de Nuestro Señor: Santa Margarita María. Cuántas veces, en el curso de la historia, la verdad de esta promesa ha sido confirmada por la Revelación, en la Iglesia, a través de la experiencia de los santos, de los místicos, de las almas consagradas a Dios. Toda la historia de la espiritualidad cristiana lo atestigua: la vida del hombre creyente en Dios, en tensión hacia el futuro por la esperanza, llamado a la comunión del amor, esta vida es la del corazón, la del hombre «interior», Ella está iluminada por la verdad admirable del Corazón de Jesús que se ofrece a Sí mismo por el mundo.

¿Por qué la verdad sobre el Corazón de Jesús nos ha sido confirmada de modo especial aquí, en el siglo XVII, en el umbral de los tiempos modernos?

Me alegra meditar sobre este mensaje en la tierra de Borgoña, tierra de santidad, marcada por Citeaux y Cluny, donde el evangelio ha dado forma a la vida y obra de los hombres. Me complace repetir el mensaje de Dios, rico en misericordia, en la diócesis de Autun, que me recibe. Saludo cordialmente a monseñor Armand Bourgeois, pastor de esta Iglesia, y a su obispo auxiliar. Maurice Gaidon. Saludo a los representantes de las autoridades civiles, locales y regionales. Saludo a todo el pueblo de Dios aquí reunido, a los trabajadores de la tierra y a los de la industria, a las familias, en particular a las asociaciones que animan su vida cristiana, a los seminaristas que están comenzando su viaje hacia el sacerdocio, a los peregrinos del Sagrado Corazón, especialmente a la Comunidad del Emmanuel muy vinculada a este lugar, y a todos los que vienen aquí a fortalecer su fe, su espíritu de oración y su sentido de la Iglesia, en las reuniones de verano o en otras iniciativas comunitarias . Y me gustaría estar cerca de todas las personas que, gracias a la televisión, siguen desde sus casas esta celebración

«Os daré un corazón»: Dios nos lo ha dicho por el Profeta. Y el sentido se aclara por el contexto. «Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará» (Ez 36, 251) Sí, Dios purifica el corazón humano. El corazón, creado para ser hogar del amor, ha llegado a ser el hogar central del rechazo de Dios, del pecado del hombre que se desvía de Dios para unirse a toda suerte de «ídolos». Es entonces cuando el corazón se hace impuro». Pero cuando el mismo interior del hombre se abre a Dios, encuentra la «pureza» de la imagen y de la semejanza impresas en él por el Creador desde el principio.

El corazón es también el hogar central de la conversión que Dios desea de parte del hombre para el hombre, con el fin de entrar en su intimidad, en su amor. Dios ha creado al hombre para que éste no sea ni indiferente ni frío, sino que esté abierto a Dios. ¡Qué bellas son las Palabras del Profeta: «Arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne» ( Ez 36, 26)! El corazón de carne, un corazón que tiene una sensibilidad humana y un corazón capaz de dejarse captar por el soplo del Espíritu Santo.

Es lo que dice Ezequiel: «Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo… »; mi espíritu (Ez 36, 26-27).

Hermanos y hermanas: ¡Que cada uno de vosotros se deje purificar y convertir por el Espíritu del Señor! ¡[Que cada uno de vosotros encuentre en El una inspiración para su vida, una luz para su futuro, una claridad para purificar sus deseos!

Hoy yo querría anunciar particularmente a las familias la buena nueva del don admirable: ¡Dios da la pureza de corazón, Dios permite vivir un amor verdadero!

Las palabras del Profeta prefiguran la profundidad de la experiencia evangélica. La salvación que debe venir está ya presente.

 

¿Pero cómo vendrá el Espíritu al corazón de los hombres? ¿Cuál será la transformación tan deseada por el Dios de Israel?

Será la obra de Jesucristo: el Hijo eterno que Dios no se ha reservado, sino que lo ha entregado por todos nosotros, para darnos toda gracia con El (cf. Rom 8, 32), para ofrecemos todo con El.

Será la obra admirable de Jesús. Para que ella sea revelada, es preciso esperar hasta el fin, hasta su muerte en la cruz. Y cuando Cristo «entrega» su Espíritu en manos del Padre (cf. Lc 23,46), entonces se produce este acontecimiento: «Fueron los soldados…, pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto… uno de los soldados con una lanza le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua» (Jn 19, 32-34).

El acontecimiento parecía «ordinario». En el Gólgota este es el último gesto en una ejecución romana: la constatación de la muerte del condenado. ¡Sí, está muerto, está realmente muerto!

Y en su muerte se revela a Sí mismo hasta el fin. El corazón traspasado es su último testimonio. Juan, el Apóstol que está al pie de la cruz, lo ha comprendido; a través de los siglos, los discípulos de Cristo y los maestros de la fe lo han comprendido. En el siglo XVIII, una religiosa de la Visitación recibió de nuevo este testimonio en Paray-le-Monial; Margarita María lo transmite a toda la Iglesia en el umbral de los tiempos modernos.

A través del Corazón de su Hijo traspasado en la cruz, el Padre nos lo ha dado todo gratuitamente. La Iglesia y el mundo reciben el Consolador: el Espíritu Santo. Jesús había dicho: «Si me voy, os lo enviaré» (Jn 16, 7). Su Corazón traspasado testimonia que El «ha partido». Él envía en adelante el Espíritu de verdad. El agua que brota de su costado traspasado es el signo del Espíritu Santo: Jesús había anunciado a Nicodemo el nuevo nacimiento «del agua y del Espíritu» (cf. Jn 3,5). Las palabras del Profeta se cumplen: «Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo».

Santa Margarita María conoció este misterio admirable, el misterio transformante del Amor divino. Ella conoció toda la profundidad de las palabras de Ezequiel: «Os daré un corazón».

A lo largo de toda su vida escondida en Cristo, estuvo marcada por el don de este Corazón que se ofrece sin límites a todos los corazones humanos. Ella fue captada enteramente por este misterio divino, como lo expresa la admirable oración del Salmo de este día:

«Bendice alma mía al Señor, y todo mi ser a su santo nombre» (Sal 102/103,

¡«Todo mi ser»; es decir, «todo mi corazón»!

¡Bendice al Señor! … ¡No olvides sus beneficios! El perdona. El «cura». El «rescata tu vida de la fosa». El «te colma de gracia y de ternura».

Él es bueno y lleno de amor. Lento a la cólera. Lleno de amor: de amor misericordioso, Él se acuerda «de que somos de barro» (cf. Sal 102/103, 2-4; 8; 14).

El, verdaderamente El, Cristo.

Santa Margarita María estuvo toda su vida inflamada de la llama viva de este amor que Cristo había venido a alumbrar en la historia del hombre.

Aquí, en este lugar de Paray-le-Monial, como en otro tiempo el Apóstol Pablo, la humilde sierva de Dios parecía gritar al mundo entero: ¿Quién nos separará del amor de Cristo?» (Rom 8, 35).

Pablo se dirigía a la primera generación de cristianos. Ellos sabían lo que eran «la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, e incluso la desnudez» (en los circos, bajo los dientes de las bestias), ellos sabían lo que son el peligro y la espada.

En el siglo XVII resonaba la misma pregunta, planteada por Margarita María a los cristianos de entonces, en Palay-le-Monial.

En nuestro tiempo resuena la misma pregunta, dirigida a cada uno de nosotros. A cada uno en particular, cuando mira su experiencia de la vida familiar.

¿Quién rompe los lazos del amor? ¿Quién apaga el amor que abrasa los hogares?

Lo sabemos, las familias de hoy día conocen demasiado a menudo la prueba y la ruptura. Muchas parejas se preparan mal al matrimonio. Muchas parejas se separan, y no saben guardar la fidelidad prometida, aceptar al otro tal como es, amarlo a pesar de sus límites y de su debilidad. Por eso muchos niños están privados del apoyo equilibrado que deberían encontrar en la armonía complementaria de sus padres.

¡Y también, cuántas contradicciones a la verdad humana del amor cuando se rehúsa dar la vida de manera responsable, y cuando se hace morir al niño ya concebido!

¡Estos son los signos de una verdadera enfermedad que alcanza a las personas, a las parejas, a los niños, a la misma sociedad!

Las condiciones económicas, las influencias de la sociedad, las incertidumbres del futuro, se citan para explicar las alteraciones de la institución familiar. Ellas pesan, ciertamente, y es necesario remediarlas. Pero esto no puede justificar que se renuncie a un bien fundamental, el de la unidad estable de la familia en la libre y hermosa responsabilidad de aquellos que unen su amor con el apoyo de la fidelidad incansable del Creador y Salvador.

¿Acaso no se ha reducido demasiado a menudo el amor a los vértigos del deseo individual o a la precariedad de los sentimientos? De ese modo, ¿no se ha alejado de la verdadera felicidad que se encuentra en la entrega de sí sin reservas y en lo que el Concilio llama «el noble ministerio de la vida» (cf. Gaudium et spes, 51)? ¿No es preciso decir claramente que buscarse a sí mismo por egoísmo en vez de buscar el bien del otro, a eso se llama pecado? Y eso es ofender al Creador, fuente de todo amor, y a Cristo Salvador que ofreció su Corazón herido para que sus hermanos encuentren su vocación de seres que unen libremente su amor.

Sí, la cuestión esencial es siempre la misma.

La realidad es siempre la misma.

El peligro es siempre el mismo: ¡Que el hombre se separe del amor!

El hombre desenraizado del terreno más profundo de su existencia espiritual. El hombre condenado a tener de nuevo un «corazón de piedra». Privado del «corazón de carne» que sea capaz de reaccionar con justicia ante el bien y el mal. El corazón sensible a la verdad del hombre y a la verdad de Dios. El corazón capaz de acoger el soplo del Espíritu Santo. El corazón fortalecido por la fuerza de Dios.

Los problemas esenciales del hombre —ayer, hoy y mañana— se sitúan a este nivel. Aquel que dice «os daré un corazón» puede incluir en esta palabra todo lo que hace falta para que el hombre «llegue a ser más».

El testimonio de muchas familias enseña abundantemente que las virtudes de la fidelidad hacen feliz, que la generosidad de los cónyuges, del uno para el otro, y juntos de cara a sus hijos, es una verdadera fuente de felicidad. El esfuerzo del dominio de sí, la superación de los límites de cada uno, la perseverancia en los diversos momentos de la existencia, todo esto lleva a un florecimiento por el que se pueden dar gracias.

Entonces se hace posible soportar la prueba que llega, saber perdonar una ofensa, acoger a un niño que sufre, iluminar la vida del otro, incluso débil o disminuido, por la belleza del amor.

También quisiera pedir a los Pastores y a los animadores que ayudan a las familias a orientarse, que les presenten claramente el apoyo positivo que constituye para ellas la enseñanza moral de la Iglesia. En la situación confusa y contradictoria de hoy, es necesario aceptar el análisis y las reglas de vida que, como fruto del Sínodo de los Obispos, han sido expuestas particularmente en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio, la cual expresa el conjunto de la doctrina del Concilio y del Magisterio pontificio.

El Concilio Vaticano II recordaba que «la ley divina manifiesta el pleno significado del amor conyugal, lo protege y lo conduce a su realización plenamente humana» (Constitución sobre la Iglesia en el mundo de hoy, Gaudium et spes, 50).

Sí, gracias al sacramento del matrimonio, en la Alianza con la Sabiduría divina, en la Alianza con el Amor infinito del Corazón de Cristo, a vosotras, familias, os es dado desarrollar en cada uno de vuestros miembros la riqueza de la persona humana, su vocación al amor de Dios y de los hombres.

Sabed acoger la presencia del Corazón de Cristo confiándole vuestro hogar. ¡Que El inspire vuestra generosidad, vuestra fidelidad al sacramento con el que vuestra alianza fue sellada ante Dios! Y que la caridad de Cristo os ayude a acoger y a ayudar a vuestros hermanos y hermanas heridos por las rupturas, y que se encuentran solos; vuestro testimonio fraterno les hará descubrir mejor que el Señor no cesa de amar a los que sufren.

Animados por la fe que os ha sido transmitida, sabed despertar a vuestros hijos al mensaje del Evangelio, y a su función de artífices de la justicia y de la paz. Ayudadles a entrar activamente en la vida de la Iglesia. No descarguéis vuestras responsabilidades en otros, cooperad con los Pastores y los otros educadores en la formación de la fe, en las obras de solidaridad fraterna en la animación de la comunidad. En vuestra vida de hogar, dad abiertamente su lugar al Señor, rezad juntos. Sed fieles a la escucha de la palabra de Dios, a los sacramentos y sobre todo a la comunión del Cuerpo de Cristo entregado por nosotros. Participad regularmente en la Misa dominical, que es la reunión necesaria de los cristianos en la Iglesia: en ella, dais gracias por vuestro amor conyugal unido «a la caridad de Cristo que se da a Sí mismo en la cruz» (cfr. Familiaris consortio, 13); ofreced así mismo vuestras penas con su sacrificio salvador; cada uno, consciente de ser pecador; interceda también por aquellos hermanos suyos que, de muchas maneras, se alejan de su vocación y renuncian a cumplir la voluntad de amor del Padre; recibid de su misericordia la purificación y la fuerza de perdonaros mutuamente; afirmad vuestra esperanza; sellad vuestra comunión fraterna fundándola en la comunión eucarística.

Con Pablo de Tarso, con Margarita María, proclamamos la misma certeza: ni la muerte ni la vida, ni el presente ni el futuro, ni las potencias, ni criatura alguna, nada nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.

¡Tengo la certeza de ello… nada lo podrá jamás!

Hoy nos encontramos en este lugar de Paray-le-Monial para renovar en nosotros mismos esta certeza: «Yo os daré un corazón… ».

Ante el Corazón abierto de Cristo, tratemos de sacar de Él, el amor verdadero que necesitan nuestras familias.

La célula familiar es fundamental para edificar la civilización del amor.

En todas partes, en la sociedad, en nuestros pueblos, en las barriadas, en las fábricas y oficinas, en nuestros encuentros entre pueblos y razas, el «corazón de piedra», el corazón árido, debe cambiarse en «corazón de carne», abierto a los hermanos, abierto a Dios. De ello depende la paz. De ello depende la supervivencia de la humanidad. Esto supera nuestras fuerzas. Es un don de Dios. Un don de su amor.

¡Tenemos la certeza de su amor!

San Juan Pablo II, Homilía en Paray-le-Monial, Domingo 5 de Octubre de 1986