CONTEMPLANDO EL CORAZÓN DE JESÚS

CONTEMPLANDO EL CORAZÓN DE JESÚS:

EL SENTIDO DEL SUFRIMIENTO

 

Luis María Mendizábal, homilía pronunciada el 6 de abril de 1979.

 

Queridos hermanos: Nos reunimos una vez más ante el Corazón de Cristo. Es verdad que lo tenemos siempre con nosotros, no hay que venir aquí para encontrarse con Cristo vivo, pero es verdad que cuando venimos aquí bajo esta señal exterior y nos congregamos con un esfuerzo que nos cuesta, y nos sentimos unidos todos en torno a ese signo del amor de Cristo que es su amor manifestado, expresado en la imagen del Corazón de Cristo que se eleva en este Santo Cerro, parece que sentimos como más hondamente la cercanía del amor del Señor.

Hemos ido, a lo largo de este año, en estos primeros viernes de mes, escuchando, asimilando, rumiando el significado de ese Misterio del Corazón de Cristo, en nosotros y en nuestra familia. Le hemos querido dar ese sentido familiar. Y hemos comprendido a la luz del Señor que el Corazón de Jesús significa Cristo resucitado vivo de corazón palpitante ahora, que nos ama ahora con corazón humano, que está misteriosamente cerca de nosotros, cerca de nuestra familia, cerca de nuestra sociedad. Que nos ama ahora y ahora es sensible a nuestra repuesta de amor. Y hemos visto cuál debe ser nuestra respuesta.

Hablábamos el último día de nuestra consagración al amor de Cristo, cuando nos convencemos de este amor que nos acorrala por todas partes y queremos devolver amor por amor y nos sentimos movidos interiormente a ofrecerle nuestra vida, a ofrecerle nuestra persona para que sea instrumento de su amor. Y de aquí viene nuestra voluntad de consagración. La consagración del Bautismo, pero tomando conciencia de ella, desarrollándola en unas exigencias progresivas de nuestra conversación con Dios y tomándolas, ahora, como postura de vida, como algo que queremos vivir y que queremos transfundir a los demás a través de nuestra existencia.

Y esto lo veíamos en la familia. Es la familia que se entrega, la familia que se consagra. Y a eso hemos de tender en esos momentos. Como decíamos cada vez más la familia es el punto de nuestra lucha, la familia es lo que Cristo quiere particularmente hoy sanear, perfeccionar, levantar. Y a eso hemos de prestarnos todos, desde los más pequeños hasta los mayores, porque todos estamos integrados en nuestra propia familia y todos constituimos también una familia.

Pero no es sólo nuestra entrega. Se derivan de ahí unos aspectos que hoy quisiera al menos comenzar a tratar. Nos quedan, con la gracia de Dios, otros dos primeros viernes en los cuales todavía perfilaremos nuestra catequesis del Corazón de Cristo.

Hoy quiero fijarme en un aspecto. Decíamos que esa imagen del Corazón de Cristo, que queremos que presida nuestra casa, que presida nuestra persona y nuestra vida, es al mismo tiempo como una enseñanza continua cuando la contemplamos, si sabemos contemplarla con amor. Y cuando uno mira con amor a esa imagen del Corazón de Cristo ve, no sólo este amor que se entrega, sino que ve en él una herida abierta y ve en él unas espinas y ve unas llamas. Y sobre esas llamas una cruz. Esto no orienta hacia un aspecto, el aspecto sombrío podríamos decir, el aspecto misterioso y oscuro de lo que es nuestro sufrimiento.

Decía en una ocasión la madre de aquel santo sacerdote que fue san Juan Bosco, le decía a su hijo cuando fue ordenado de sacerdote: «Hijo, ser sacerdote es empezar a sufrir». Pero creo que no vale sólo del sacerdote. Yo diría a esos novios que tan alegremente se han casado, yo les diría, y no para amargarles sino para alentarles: -Hijos, casarse es empezar a sufrir, ¡porque es empezar a amar! Y el amar lleva consigo el sufrir mientras estamos en este mundo mortal. Y el mayor sufrimiento es el del amor, el mayor sufrimiento del hombre está precisamente donde está el corazón del hombre.

De ahí tenemos ese lado misterioso de la vida que la siente el niño pequeño desde los primeros momentos de su vida, cuando siente el dolor y empiezan a correr sus lágrimas. La siente el pequeño que está estudiando en las Elementales y que ya va sintiendo en su vida ciertas amarguras. Las siente el adolescente. Las siente el joven. Las siente el mayor. Las siente la familia cristiana y no cristiana. Es algo que nos acompaña. Y muchas veces nuestra vida es como una carrera de huida del dolor. Y no sabemos quizás lo que hacemos porque soñamos que la felicidad es huir del dolor, evitar el dolor, evadirnos del dolor, incluso a través de medios como son muchas veces las drogas, todos esos instrumentos que, en el fondo, son una búsqueda para evadirse de algo que nos oprime. ¡Porque existe el dolor fuerte, porque existe el dolor de la desgracia, existe el dolor de la herida y existe el dolor de la monotonía! ¡Y existe el dolor del vacío y existe el dolor del enojo continuo por la gris realidad de nuestra existencia! Pero ahí está siempre. Ahora bien, contemplando a Cristo se localiza el dolor donde es su lugar.

Es inevitable en nuestra vida el sufrimiento, el dolor. Es inevitable. No quiero decir que hemos de resignarnos a no poner remedio, no, debemos trabajar todo lo posible por superarlo, pero con la convicción que nunca llegaremos a evitarlo, ¡nunca! Y lo encontraremos de alguna manera en todas las páginas de nuestra vida. Y ahí aparece. Por lo tanto si hemos puesto nuestra felicidad en no sentir dolor la perderemos. Y entonces es cuando nos confundimos y entonces es cuando nos desalentamos y entonces es cuando nos entristecemos.

Hermanos queridísimos: La vida cristiana es vida de alegría, es verdad, es vida de gozo, es vida de alegría, pero siempre que entendamos que no es vida sin cruz, sino que precisamente es vida de alegría porque nos enseña el valor de la cruz. Y entonces la cruz no nos quita la felicidad porque la entiendo aunque sea en la oscuridad del misterio. Como dice el Salmo 22: «Aunque camine por tinieblas y sombra de muerte no temerá mi corazón porque tú estás conmigo”. Pero ahí está la realidad de nuestra vida. Somos mortales. Quiere decir que estamos sometidos a la muerte, que estamos sometidos al poder de la muerte como es la enfermedad, como es el dolor, como es la incomprensión, como son los roces de la vida, todo eso que mina nuestra persona y que mina la familia en la cual nosotros estamos. Y precisamente ¡cuántas familias se han derrumbado porque no han sabido entender el significado del dolor que les visitaba!

Ahí tenemos en el Corazón de Cristo una enseñanza patente. ¡Miremos ese Corazón y colocaremos el dolor en su sitio, en la mitad del Corazón, en la llama del amor! ¡Ahí es su sitio! ¡Y ahí está la clave para nosotros!

En la cruz, que vamos a contemplar en estos días de la Semana Santa próxima, nos encontramos a Cristo en medio de la cruz, en el Calvario clavado en ella. Y dos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Y nos dice el texto sagrado que aquellos dos crucificados blasfemaban contra Cristo. Cristo crucificado entre dos ladrones crucificados: Ahí tenemos la expresión más fuerte de lo que es la Encarnación del Verbo. Hacerse hombre es hacerse crucificado, hacerse condenado a muerte crucificado es la vida del hombre. ¡Qué es el hombre sino un condenado a muerte crucificado entretanto por los dolores, los sufrimientos, las molestias de su vida presente! Y como término último la muerte que nos espera inexorablemente, que nos entristece nuestra vida. Es la realidad que tenemos que mirar cara a cara. Y cuando decimos el Verbo se hizo carne, podríamos decir el Verbo se hizo condenado a muerte crucificado.

Y ahí está Cristo, en medio, el Corazón abierto. A su lado estamos nosotros condenados a muerte, crucificados. Y entonces la lucha del hombre es precisamente en el fondo, en el fondo, la clave de esa lucha es su postura ante la muerte, su postura ante la mortalidad, ante el sufrimiento, ante el dolor. Y dice el texto evangélico que los dos ladrones crucificados -a los que Él ha venido a salvar- blasfemaban contra Cristo. Y ¿por qué blasfemaban? No era por simple dolor, era ¡contra Él!, porque se presentaba como Salvador y no les salvaba del dolor y de la muerte. Por eso le decían: «Si tú eres el Salvador, sálvate a Ti y sálvanos a nosotros». Ésa era su blasfemia, como la nuestra muchas veces, que acudimos al Señor para decirle: -Señor, si Tú eres el Hijo de Dios, el Salvador, sálvame de la enfermedad, sálvame de las molestias, sálvame de la muerte. Y blasfemamos contra Él así, porque si no nos salva perdemos la fe. Como decimos a veces: -Yo he pedido tantas veces y ¡no me hace bajar de la cruz! Y Cristo no ha subido a la cruz para que nosotros bajemos de ella sino para enseñarnos cómo se lleva la cruz.

En cambio está el ladrón a la izquierda, el buen ladrón, que contemplando a Cristo, después de haber comenzado por blasfemar contra Él -como lo hacemos todos hasta que nos toca la gracia y hasta que nos ilumina el Corazón del Salvador-, cuando la gracia le tocó a aquel hombre, y viendo a Cristo crucificado delante, y viendo su postura silenciosa profundamente sacerdotal, que estaba realizando su oblación, ahí vio el Corazón de Cristo a través del cuerpo deshecho crucificado. Y en la postura con que llevaba aquella cruz leyó, vio, cruzando su mirada con la de Cristo, que el misterio estaba en el amor con que aquel dolor estaba vivido, ¡ofrecido con un infinito amor!

Entonces contemplando a Cristo crucificado, como decía en un sermón san Agustín, le decía al ladrón éste: –Pero ¡cómo!, ¿es que te ha predicado Él?, ¿es que te ha explicado las Escrituras? Contesta en ese discurso el ladrón y le dice: -No, es que me ha mirado y ¡en esa mirada lo he entendido todo! En esa mirada de amor lo he entendido todo, he entendido lo que es la miseria humana, lo que es la naturaleza humana. Y he entendido lo que es el amor que la lleva, el amor que la acepta ahí cuando el sufrimiento se inserta en un Corazón que ama ilimitadamente. Ésta es la enseñanza. Y en ese momento el ladrón se pliega. ¡Lo ha entendido todo! Y entonces, con la fuerza de la cruz de Cristo, también él pone en su pecho un corazón como el de Cristo y asume también su propio dolor y lo ofrece.

Y dice: -“Nosotros padecemos lo que hemos merecido, pero ése ¿qué mal ha hecho?”, y se refugia en el Señor. Es la lección definitiva de nuestra vida. Ahí está. Es llegar a comprender cómo todo dolor es asumido por el amor infinito de Cristo. Es entender que ahí es su lugar, en el Corazón. Y nosotros sufrimos y nos desesperamos, porque el dolor no lo colocamos en nuestro corazón, ni ponemos en ese dolor el corazón y el amor. Y entonces es insoportable, y entonces es desesperante, y entonces nos hunde en una desesperación blasfema.

Aquí tenemos nuevamente la lección del Corazón de Cristo. Y esto vale para nosotros personalmente, para nuestra vida de familia. Cuando lo colocamos en el corazón comprendemos que el sufrimiento tiene muchos sentidos: el sufrimiento es el camino de purificación del amor, por eso está en el corazón, el camino de purificación, es el amor el que va haciendo arder la cruz, es el amor el que va, purificado por el dolor, madurándose; y por otra parte el amor mismo se culmina en la oblación dolorosa, se culmina. Y esto ha de valer también para nosotros.

Queridísimos hermanos, tengamos luz de Dios para entender nuestra vida. La vida de familia no está nunca exenta de cruces, nunca. Pero tenemos que comprender que cada uno de nosotros no está sólo.

Padres de familia que estáis aquí oyéndome, ¡vosotros sois como los sacerdotes de la familia! Tenéis una misión, tenéis que orar por la familia, tenéis que presentarla al amor de Cristo. Sois una cosa. Esos hijos son vuestros, son almas que Dios os ha confiado. Ninguno de nosotros está solo, tenemos nuestras almas que el Señor ha vinculado a nosotros. Y hemos de sentirnos como pastores a los cuales se han confiado esas ovejas: «Y el buen pastor da la vida por sus ovejas”, lo acabamos de escuchar en el evangelio que nos manifiesta el amor del Corazón de Cristo, «¡da su vida por las ovejas!». Y eso no hay que aplicarlo como en general. Como en la parábola es en nuestra vida concreta. Diríamos, el buen padre da la vida por sus ovejas que son su mujer y sus hijos, la buena madre da la vida por sus ovejas que son su marido y sus hijos, cada hijo da la vida por sus ovejas que son sus padres y sus hermanos.

 

A cada uno de nosotros el Señor nos ha confiado los demás que constituyen esa unidad familiar. Todos los demás, también con los cuales nosotros convivimos, son nuestras ovejas, es verdad. Pero esto lleva consigo también que ese amor nuestro que debe ir creciendo día a día. A semejanza del Corazón de Cristo será purificado por el dolor, por el dolor muchas veces de la incomprensión, de la soledad, por el dolor muchas veces de la falta de correspondencia. ¡Cuántas veces nos quejamos siempre que los otros no nos entienden, los otros no nos ayudan porque en el fondo querríamos ser nosotros el centro! ¡Y no queremos ser el pastor que cuida de las oveja! Y entonces el dolor nos derrumba porque no lo ponemos en el corazón. Pero cuando nosotros vayamos viviendo esta vida orando, sintiéndonos uno como familia, ante Dios, muchas veces vendrá el dolor, muchas veces la enfermedad, la desgracia, muchas veces llamarán a la puerta de nuestro corazón, y es el momento de madurar en el amor.

El amor mismo tiene que pasar por ciertas crisis dolorosas. Y no significa que se ha acabado y que hay buscar, por la vía cómoda, una solución que sea simplemente el seguir las tendencias de la naturaleza, sino que es un momento para madurar el amor. Porque si no el amor no es sólido. Y el amor tiene que ser sólido, el amor tiene que ser más fuerte que la muerte. Y que la muerte no quiere decir una poesía del futuro, la muerte quiere decir el roce, quiere decir el momento de crisis. ¡Y ha de ser más fuerte! Y a través de todo esto ser fiel como ha sido Cristo para con nosotros, como Él ha amado a la Iglesia. Y la ha amado a través de su pasión y de su muerte y en la agonía del huerto. Y no ha dicho así: -Yo me desentiendo que es un camino demasiado doloroso.

No comprendemos esto. Creemos que el amor, para que sea verdadero, ha de ser un amor sin Cristo, un amor sin sufrimientos. Y no es verdad. No sería un verdadero amor, sería un juego de niños. El amor tiene que tener esas cruces para madurar, para solidificarse, para hacerse fuerte, para estar por encima de esos vaivenes. Porque tenemos que aprender a seguir así hacia Cristo, no quitando las olas, no quitando los sufrimientos, sino por encima de ellos, por la aceptación de esas cruces y de esos sufrimientos en la inmensidad del amor. Y hemos de habituarnos a llevar nuestro corazón como el de Cristo, aunque haya dentro una llaga abierta, aunque haya dentro unas espinas y una cruz. Es normal, es el camino, hasta que se abra, como el Corazón de Cristo en la cruz, ¡hasta la última gota de su sangre!: «Tengo poder para dar mi vida, yo la quiero dar, es la orden que he recibido de mi Padre». Esta es la lección del Corazón de Cristo, es uno de los aspectos del sufrimiento.

Lo vemos solamente en esta ocasión como instrumento de amor, como llegar a iluminarle en el misterio del amor. Difícil, es verdad, hace falta fe. Y en el momento de la oscuridad no se ve nada. Y en este momento uno lo echaría todo a rodar porque no hay luz, porque en ese momento es inútil cuanto me digan, porque se me hace todo incomprensible. Es normal. Pero hay momentos de luz en los cuales se traza el camino. “Y cuando luego camine por tinieblas y sombra de muerte no temerá mi corazón», no porque veo el camino, «¡porque Tú estás conmigo!».

Y ahí nos haría un bien inmenso la contemplación, en esos momentos de crisis, de dificultad, de esa imagen bendita que nos recuerda que en el centro de la vida y del dolor está el amor, el amor de un Dios que se ha hecho Hombre por nosotros y ha tomado todas nuestras miserias sobre sí para elevarlas y purificarlas con lo infinito de su amor.

 

Que sea así nuestra vida, de temple, de generosidad. Que nuestro amor se purifique cada vez más, y se haga sólido y fuerte a imitación del amor del Corazón de Cristo. Que así sea.